Seguimos analizando el juicio que Pilato, el gobernador romano en Judea, estaba llevando a cabo con Jesús, a quien los judíos habían acusado de ser un pretendido mesías que pervertía a la nación y prohibía dar tributo a César (Lc 23:2). Después de un primer interrogatorio, Pilato había concluido que no hallaba ningún delito en él (Jn 18:38), momento en el que debería haber dejado en libertad al Señor, pero ante la oposición de los principales sacerdotes y de las multitudes, el gobernador buscó desesperadamente la forma de liberarle, al mismo tiempo que intentaba complacer a los judíos. Al hacer esto tuvo que abandonar el camino de la justicia y las convicciones para seguir el de la conveniencia personal. Hasta este momento, todos los esfuerzos que había hecho por liberar a Jesús, y los que todavía iba a realizar, resultaron inútiles. De nada sirvió que lo enviara a Herodes con la esperanza de que él resolviera su dilema, o que propusiera al pueblo soltar a Jesús en lugar de Barrabás siguiendo la costumbre judía, y tampoco iba a ayudarle en sus propósitos que golpeara a Jesús a fin de despertar la lástima de las multitudes. Ninguna de sus tácticas funcionó.
En todo caso, nos sorprende ver aquí cómo Pilato, un hombre al que los historiadores han descrito como insensible y cruel, llega a hacer tantos esfuerzos por liberar a Jesús. No hay duda de que había algo en aquel preso que lo diferenciaba radicalmente de todos aquellos otros a los que él había juzgado, y eso a pesar de que a lo largo de sus interrogatorios el Señor llegó a contrariarle en varias ocasiones.
Finalmente se cumplió con toda exactitud lo que Jesús había anunciado que le iba a ocurrir: «le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen» (Mt 20:19). Cuando vemos todas las injusticias que los hombres cometieron contra Cristo nos conmueve profundamente. En realidad, el cuadro que tenemos ante nosotros, cuando todo el pueblo grita al unísono que lo crucifiquen, es el clímax del proceso de alejamiento y rebelión del hombre contra su Creador que había comenzado con la caída de Adán.
Y una vez más, el pasaje que tenemos ante nosotros nos va a obligar a posicionarnos respecto a este juicio. Pilato aprendió que no se puede ser neutral frente a Jesús, y nosotros tampoco podemos serlo. ¿Cuál será nuestro veredicto?
Pilato azota a Jesús
(Jn 19:1) «Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.»
Fue totalmente injusto que Pilato hiciera azotar a Jesús una vez que había reconocido su inocencia, aun así lo hizo pensando que si lo humillaba y torturaba, de ese modo los judíos se darían por satisfechos y dejarían de pedir su muerte (Lc 23:16). Pero el gobernador no era consciente del grado de odio que aquellas personas sentían por Jesús, por eso, aunque lo vieran completamente herido, sangrando y desfigurado, no por eso se apiadarían y cambiarían de opinión. Seguramente Pilato pensaba complacer a los judíos mientras calmaba un poco su conciencia al no llegar a dar muerte a Jesús, pero su débil sueño fracaso.
Ahora bien, los otros evangelistas parecen situar el momento cuando Jesús fue azotado justo antes de su crucifixión, mientras que Juan lo hace a la mitad del interrogatorio que Pilato estaba llevando a cabo (Mr 15:15) (Lc 23:16-22). No es imposible que Cristo sufriera este tipo de maltratos en varias ocasiones. También debemos tener en cuenta que los romanos tenían distintos niveles de severidad cuando azotaban a los prisioneros. En todo caso, ser azotado, y máxime cuando se acababa de declarar la inocencia del acusado, era my humillante, además de terriblemente cruel. Recordemos que para ello se empleaba un látigo compuesto por un mango de madera corto al que se habían sujetado varias correas de cuero que en sus extremos tenían insertados fragmentos de hueso y diversas piezas de metal. Los azotes se administraban sobre la espalda de la víctima, desnuda y doblegada. Después de que el Señor fuera azotado esta primera vez, ofrecería un aspecto demacrado y completamente ensangrentado.
Pero como decimos, lo más probable es que ésta no fuera la única vez que fue azotado, porque después de que se dictara su sentencia de crucifixión, volvería a ser salvajemente azotado nuevamente. Por lo general, esta flagelación era una preparación para la crucifixión, y tenían como propósito debilitar al reo a fin de acelerar la ejecución. Todo esto explicaría por qué el Señor estaba tan débil que no pudo llevar su cruz. De hecho, esas palizas eran tan salvajes, que a veces las víctimas morían en ellas. En otros casos, los registros de testigos oculares informan de que había flagelaciones tan brutales que dejaban a las víctimas con los huesos y las entrañas expuestas. No debe extrañarnos que el Señor pasara por todo ello, puesto que dada la proximidad del sábado, a nadie le interesaba que los cuerpos quedaran colgados allí por varios días, así que la forma de acelerar el proceso era emplearse a fondo en los azotes.
¡Qué solemne pensar que el Hijo de Dios fue azotado por la manos de sus criaturas! ¡Que las bocas que él había creado eran empleadas para insultarlo y menospreciarlo! Pero como él mismo había anunciado, «esta es vuestra hora, y la potestad de la tinieblas» (Lc 22:53). Desde el día en que el pecado entró en el mundo, la enemistad de la humanidad contra Dios no había hecho sino aumentar, y ahora estamos en su clímax.
Pero los sufrimientos de Cristo, lejos de constituir su derrota, manifestaban el triunfo de la Obra que había venido a realizar. Como siglos antes había anunciado el profeta:
(Is 53:5) «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.»
La razón de sus sufrimientos tenían que ver con la salvación de los pecadores. La suya había de ser una muerte sustitutoria; «el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P 3:18). Así que Cristo estaba a punto de realizar la expiación del pecado de la humanidad, pero antes de eso, el pecado debía ser revelado en toda su magnitud, y eso es lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos. La humanidad entera demostraba su enemistad y rebeldía contra Dios cuando tanto judíos como gentiles, paganos como religiosos, pedían incansablemente que Jesús fuera crucificado. Aquellas personas que creen que son buenas, no se conocen realmente a sí mismas. Aquellos religiosos con caras y vestidos piadosos, también son terribles pecadores que ocultan su maldad del mismo modo que lo hacían aquellos que instigaban a las multitudes para que Pilato sentenciara a muerte a Cristo. Unos y otros tenían un único pensamiento que el Señor ya había descrito: «Este es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra» (Lc 20:14).
Pero debemos estar inmensamente agradecidos a Dios y profundamente admirados de su gracia, porque a pesar de nuestra maldad, Cristo se ofreció por nosotros. Él sufrió todas aquellas humillaciones que culminaron con su crucifixión para que nosotros pudiéramos disfrutar de la bendición de Dios si nos reconciliamos con él por medio del arrepentimiento y la fe.
Leer Más:….https://www.escuelabiblica.com/estudios-biblicos-1.php?id=724

Deja Un Comentario