Orar cuando no tienes ganas: una guía honesta para días secos

Orar cuando no tienes ganas: una guía honesta para días secos

Hay días en los que orar se siente natural. Y hay otros en los que la oración pesa. Te sientas, intentas empezar, y por dentro hay silencio, cansancio, apatía, incluso una especie de niebla. No siempre es rebeldía. A veces es agotamiento. A veces es dolor. A veces es esa etapa que muchos creyentes han vivido y que casi nadie nombra: días secos.

La Biblia no idealiza la vida espiritual como una línea ascendente sin tropiezos. En sus páginas hay gente que ama a Dios y, aun así, atraviesa temporadas donde el corazón no responde como antes. David, que escribió salmos ardientes, también llegó a decir: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?” (Salmo 42:5). Hay una honestidad brutal en esa pregunta, porque revela algo que quizá tú también has sentido: no siempre controlamos el ánimo, pero sí podemos decidir hacia dónde mirar cuando el ánimo falla.

A veces la culpa se mete como una sombra. “Si no tengo ganas de orar, es que estoy mal con Dios”, nos decimos. Pero la Escritura muestra que la sequedad no siempre significa ausencia de fe. Puede ser una prueba, una etapa de crecimiento, una herida abierta, o simplemente el desgaste de una vida cargada. El mismo Jesús conoce el peso de la angustia. En Getsemaní, su alma estuvo “muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38). Y en ese lugar de presión, Jesús oró. No porque fuera fácil, sino precisamente porque era necesario.

Orar en días secos no se trata de fingir entusiasmo. Se trata de presentarse ante Dios tal como estás. Dios no te pide una actuación espiritual; te invita a la verdad del corazón. Los salmos están llenos de oraciones que empiezan sin fuerza y terminan agarrándose, casi con los dedos, a una promesa. “Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?” (Salmo 13:1) no es una frase pulida; es un grito. Y sin embargo, ese grito está dentro de la Biblia, como para recordarte que Dios no se escandaliza con tu debilidad. Él la recibe.

En esos días, conviene recordar algo básico: la oración no es un examen para aprobar, es una relación para sostener. Jesús habló de la oración como el espacio secreto donde el Padre ve y recompensa, no como un espectáculo de frases perfectas (Mateo 6:6–7). Cuando estás seco, muchas veces el problema no es que no tengas palabras bonitas; el problema es que te sientes lejos. Pero Dios no se guía por tu sensación. Su cercanía no depende de tu estado de ánimo. “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón” (Salmo 34:18). No dice “a los motivados”, dice a los quebrantados.

Quizá lo más duro de la sequedad es esa sensación de hablarle al techo. Oras, y no sientes nada. Lees, y la mente se te va. Te arrodillas, y lo único que aparece es cansancio. En esos momentos, la fe se vuelve más simple y más pura: creerle a Dios cuando tus emociones no cooperan. Porque la fe no nace de un clima interno favorable; nace de escuchar lo que Dios ha dicho. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). A veces, en días secos, la oración se sostiene con una sola hebra: la Palabra.

Hay un punto liberador que muchos olvidan: Dios no solo escucha tus oraciones fuertes. También escucha tus oraciones pequeñas. La Biblia registra oraciones cortas y desesperadas que movieron el corazón de Dios. Pedro, hundiéndose, no dio un discurso; dijo: “Señor, sálvame” (Mateo 14:30). Eso fue suficiente. Cuando no tienes ganas, quizá no necesitas una hora de oración; quizá necesitas una frase verdadera. Un “Señor, aquí estoy”. Un “Ayúdame”. Un “No sé qué decir”. Y aun eso, Dios lo recibe.

Además, cuando te faltan las fuerzas para orar, no estás solo en tu limitación. Hay una promesa preciosa para los días en que el alma no tiene lenguaje. La Escritura dice que el Espíritu Santo “nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26). Esa frase es un refugio: hay oraciones que no alcanzas a formular, pero Dios no las ignora. Tu debilidad no bloquea el cielo; el Espíritu la acompaña.

A veces la sequedad viene porque estás herido, y no has llevado la herida a Dios, sino que la has escondido. Hay dolores que te dejan sin ganas de hablar, incluso con el Señor. Sin embargo, los salmos enseñan que Dios puede recibir lo que nadie más sabe recibir: un corazón derramado. “Derramad delante de él vuestro corazón” (Salmo 62:8). Derramar no es decorar; es vaciar. Es decirle a Dios lo que realmente pasa, sin maquillaje religioso. Y paradójicamente, ese acto de honestidad suele ser el primer sorbo de agua en una temporada seca.

Otras veces la sequedad no es por dolor, sino por ruido. El corazón está saturado. La mente va a mil. Las notificaciones, la presión, la comparación, la prisa. Entonces la oración no fluye, porque el alma no ha encontrado silencio. En la Biblia hay un llamado que no suena a regaño, suena a medicina: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46:10). Hay conocimiento de Dios que solo aparece cuando el ruido baja. A veces no necesitas “orar más”; necesitas estar quieto delante de Él lo suficiente como para recordar quién es.

También está la sequedad que proviene de cargar con pecado no confesado. No todos los días secos nacen de eso, pero sí es una posibilidad real. David describió el desgaste interno de guardar silencio: “Mi pecado te declaré… y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5). Confesar no es autodestruirse; es salir de la sombra. Y la promesa es firme: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar” (1 Juan 1:9). Cuando la sequedad tiene raíces espirituales, la gracia no solo perdona: también restaura.

En muchos casos, la falta de ganas no es un problema “espiritual” sino humano. Estás cansado. Tu cuerpo está al límite. Tus emociones están gastadas. En ese punto, cuidar tu vida también puede ser un acto de obediencia. Jesús mismo invitó a sus discípulos a descansar: “Venid vosotros aparte… y descansad un poco” (Marcos 6:31). En ocasiones, recuperar el deseo de orar pasa por recuperar el sueño, ordenar el día, bajar cargas, pedir ayuda. Dios no te ama menos por necesitar descanso. Él te creó con límites.

Entonces, ¿cómo se ora en días secos? Se ora como quien vuelve a casa. No siempre con emoción, pero sí con verdad. Se ora recordando que no estás buscando una experiencia, sino a una Persona. Se ora con palabras simples, apoyándote en las Escrituras. Los salmos son especialmente para esto: te prestan lenguaje cuando no tienes lenguaje. “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1) puede ser una oración. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo 51:10) puede ser una oración. “En ti, oh Jehová, he confiado” (Salmo 31:1) puede ser una oración. A veces el corazón no sabe inventar frases, pero sí puede repetir verdad hasta que la verdad vuelva a calentar por dentro.

Y hay algo más: en días secos, la oración se vuelve un acto de perseverancia. La Biblia no romantiza eso; lo honra. Jesús habló de perseverar en la oración y no desmayar (Lucas 18:1). No porque Dios sea indiferente, sino porque en el proceso el corazón aprende a depender. La perseverancia es la fe caminando cuando el entusiasmo se queda atrás.

Si estás en una temporada así, quiero decirte algo con mucha claridad: Dios no te está esperando al final de la sequedad; Él está contigo en medio de ella. Él no es un Padre que se aleja cuando su hijo está apagado. Al contrario, Él sostiene. “No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare” (Isaías 42:3). Un pábilo humeante no es una llama grande, pero todavía hay vida. Y Dios no aplasta esa vida; la protege.

Quizá hoy tu oración no será larga. Quizá será un susurro. Pero Dios no mide tu valor por la intensidad de tu emoción, sino por la sinceridad de tu corazón y la obra de Cristo que te abrió el camino. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). Oportuno socorro significa exactamente eso: ayuda a tiempo. Ayuda para hoy. Ayuda para el día seco.

Si no tienes ganas de orar, no esperes a tener ganas para volver. Vuelve sin ganas. Vuelve cansado. Vuelve con dudas. Vuelve con una frase corta. Vuelve con un salmo en la mano. Porque en la vida espiritual, muchas veces el milagro no es sentir algo; el milagro es permanecer. Y el Dios que comenzó la obra en ti es fiel para sostenerte. (Filipenses 1:6)

Señor, aquí estoy. No tengo fuerzas, pero tengo necesidad. No traigo palabras bonitas, pero traigo mi verdad. Sostén mi fe, aviva lo que queda, y enséñame a caminar contigo aun en el desierto. Amén. (Salmo 42:5; Romanos 8:26; Hebreos 4:16)

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